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La hija pródiga [2 de Febrero - Ca'Dario]

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Mensaje por Ariadna Dario el Jue Jun 20, 2013 2:10 am

El alba despuntaba en el horizonte. Había transcurrido casi  una hora desde que abandonaron el barrio judío, donde habían desembarcado de la barcaza del vidriero, en un canal apartado que se adentraba en Canneregio. Las cosas parecían tensas por allí.
En las juderías se mascaba el miedo de que el futuro sucesor del dogo decretase que el único sitio apto para que los judíos residieren podría ser ese, y temían por que se les impidiese la salida. Fue ubicándose, preguntando, y contratando los servicios de un porteador para que les llevasen sus pertenencias,  donde Ariadna se enteró de que el dogo se encontraba en un estado crítico de salud y esperando diagnostico médico.

Irene se acercaba con paso altivo, casi señorial al palazzo Darío. Detrás de ella, Guido Darío, que caminaba con paso más lento y torpe, era ayudado en su sinuoso caminar por Ariadna, y por detrás de ellos, en procesión y más alejado, el mozo porteador llevaba a pulso los escuetos equipajes de los tres.

Ariadna se encontraba muy nerviosa. Finalmente estaba comprendiendo la causa del silencio epistolar de su padre. Si el Dux se encontraba tan grave...


"Madre... No hay nada que pueda hacer por vos en estos momentos. Vuestros humores han sido corrompidos por los miasmas más allá de lo que la medicina puede sanar. Solo nos queda rezar por su alma y que vuestro tránsito sea plácido... Madre... Aun con vuestros ojos vidriosos sé que me estáis escuchando. Lamento no haber podido trataros a tiempo. En mi pesar queda el que el destino nos haya negado esta oportunidad.... Perdóneme, Lucía..."

Apretó los dientes... No podía creer que fuese a repetirse.. ¿qué otra cosa podía hacer entonces?  La rabia la inundaba y la mantenía en tensión. Tendría que hablar con Irene de sus temores cuando tuviese oportunidad. Tal vez la fortuna había orquestado el momento de un reencuentro. Pero ella no se lo había planteando realmente. No así.

Un escalofrío recorrió su espalda pensando en que la historia podría repetirse. No era justo. Pensar en dormir en la misma casa que el Dux moribundo no la agradaba en absoluto. Además, no era el mejor sitio para estar ella en particular.

- No sé si será correcto para mí pernoctar en el CA Dario con vos, Irene. Algunas de mis actividades no son cómodas para la convivencia, ya sabe, por los miasmas y la misma parca que acompaña mí oficio, aunque sin embargo creo que lo primario es que esté cerca de Guido... si es que van a residir aquí, ¿Cree usted posible poder conseguir un sitio para asentarme yo en las cercanías?
 
Mientras hablaban, llegaron a la entrada:
 
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Se oían voces y jaleadas detrás del portón. Irene llegó a la puerta y golpeo el aldabón. La portona se abrió un poco. Una criada asomó por el hueco, y miró a Irene con una sonrisa cortés

La muchacha cerró los ojos lentamente, haciendo una leve reverencia inclinando la cabeza, y abrió la puerta del todo dando un paso hacia atrás, mientras mantenía la cabeza gacha.

- Bienvenida de nuevo, Señora , Es un placer verla incluso en estos días tan infaustos. - Dijo, con el tono más dulce que una criada podría mostrar.
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Mensaje por Maladie el Vie Jun 28, 2013 10:56 pm

-No digas tonterías, Ariadna, esta es nuestra casa y tuya también por derecho.- frunció el ceño ligeramente mientras hacía el gesto de llamar. La puerta se abrió al otro lado y se encontró con la entrometida ama de llaves. Esa sonrisa y ese estúpido velo de cortesía no la salvarían de la calle si algún día llegaba a estar al mando de la casa... furcia hipócrita.

-Gracias, Cassilda, veo que estás poco sorprendida de vernos. ¿No han llegado acaso las cartas que enviamos desde Forli?- hizo clara referencia a los mensajes de auxilio que envió desde allí. Era absurdo, por otro lado, intentar razonar con aquella muerta de hambre. Esa gente sólo se interesaba por llenar el estómago cada noche sin tener ni idea de lo que acaecía a su alrededor. -Me barrunto que, como buena criada, aunque llegaran no habrías dado oídos a puerta alguna para saber qué decían. De nuevo tu ignorancia te premia.- caminó hacia el interior indicando a la sirvienta que ayudara a su amado esposo a entrar y acomodarse. Respiró profundamente y observó el ornado recibidor de la casona. Ése y no otro era su hogar.

-Galena...- se giró hacia Ariadna y guiñó un ojo durante unos instantes. En ese momento carraspeó ligeramente y alzó mentón y voz a una vez. -Estoy muy de acuerdo en todo lo que me has dicho. Necesitamos toda la ayuda posible.- fue desenguantando sus manos y dio media vuelta para dirigir sus pasos hacia las escaleras. -Acompáñeme, por favor... antes de ver al Dogo necesitamos la venia de su señoría, Marietta.- se giró entonces y sonrió cómplice. El ansiado encuentro con su hermana estaba a punto de darse.
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Mensaje por Ariadna Dario el Sáb Jul 06, 2013 2:25 pm

Un ardor surgió desde lo más interno de Ariadna elevándose por todo su cuerpo hasta su rostro. Deseo que no se notase que sus mejillas ardieron al oír esas palabras. Marietta.

Ariadna nunca había conocido a Marietta en persona, pero conocía de su trayectoria. La inocente Marietta, la amada por su padre. Había oído hablar de ella en las epístolas que intercambiaba con el viejo: Una mujer recta, creyente, fervorosa y justa. Tal vez su antítesis, pensó fugazmente.  Alguien que lo ha tenido todo en esta vida, que bendice al cielo por haber recibido esos dones, alguien educado para la política y la gestión de patrimonio familiar. Realmente, no la envidiaba en absoluto.

Pero no era así como pensaba que se conocerían. Hasta donde ella sabía, su padre había guardado la existencia de Ariadna como hija bastarda en el más absoluto secreto y confiaba en que Marietta lo desconociese. Siempre había imaginado que si algún día regresase al hogar, sería su padre el que la introdujese al resto de la familia para ser tratada como una más, no entrar de forma furtiva en la casa en la que por derecho tenía un hueco y desconocer que es lo que los demás habitantes de la casa podían saber de ella misma.

¿Cómo sería Marietta realmente? Su padre la había descrito como una muchacha de cabellos dorados, de aspecto puro e inocente, con la mirada de un ángel y la ternura de un cachorrito. Dudaba que alguien pudiese ser así en mundo de lobos como es en el que pernoctamos…

La curiosidad iba creciendo en ella. Tenía ganas de verla y de escucharla. Ya no por conocerla, sino por saber qué tipo de persona era realmente. No creía posible conocer el carácter de una persona a través de los ojos de otra, ojos que claramente no veían defecto alguno sino que observaban con fervor. Tenía interés por ver a Marietta en directo. Por escucharla y saber si es cierto que la paz brotaba de sus labios, como decía padre, o si por el contrario encontraría una mujer común y una historia tergiversada y errada.

- Voy, señora. Cómo usted quiera.

Agachó la cabeza frente a Irene Sforza, asintiendo con pleitesía, y la siguió a través del pasillo. De haber sido más ferviente se habría santiguado, pero prefirió morderse los incisivos, expirar profundamente, y tratar de interpretar lo mejor que pudiese su papel de galeno por el momento.
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Mensaje por Maladie el Mar Jul 09, 2013 11:53 pm

Irene subió las escaleras agarrándose las faldas para no pisarlas y provocar algún accidente. No estaba muy acostumbrada a caminar con prisas y de aquella guisa, así que tenía que esforzarse mucho para no tropezar. Las escaleras recorrieron las entrañas de la casona y finalmente desembocaron en un pasillo iluminado con hermosas lámparas. Sobre el suelo había una hermosa alfombra roja, tan extensa como cara, que resultaba una delicia para los sentidos. Muchas noches, cuando todos dormían, Irene salía al pasillo descalza para sentir la suavidad de aquel tejido sobre los pies. Placeres ocultos como aquel eran los que le daban ánimos para continuar en aquel lugar que resultaba tan hostil ocasionalmente.

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-Su señoría es una mujer muy ocupada, galena... Debes dirigirte a ella con sumo respeto, pues es hija del Dogo y también su secretaria. Todos los miembros de la Signoría gozan de un gran prestigio en Venecia y ese honor no les puede ser arrebatado.- caminaron juntas hasta terminar frente a una hermosa puerta de madera blanca rematada en oro. Irene se inclinó sobre su buena amiga y sonrió.

-Es muy buena chica, aunque a veces puede resultar un poco caprichosa. - golpeó tres veces la madera y, sin esperar permiso, abrió la puerta. -¡Marietta!- alzó los brazos en un gesto de cariño y sorpresa y, acto seguido, se inclinó en reverencia. -Hemos regresado de Forli sanos y salvos, mas ya habrá tiempo de charlar sobre nuestras desventuras. Os he traído el mejor de los presentes para vuestro cumpleaños...- tiró de Ariadna y la hizo entrar en la habitación.

-Su nombre es Ariadna la Milagrosa y es famosa por toda Italia. Educada en Bolonia ha sabido tratar las peores afecciones conocidas, así que espero que esta gota de esperanza sea suficiente para recuperar a vuestro padre. - de nuevo una reverencia. -Os dejo a solas, tendréis asuntos que tratar.- rió y cerró la puerta súbitamente. Aquella era Irene, un huracán incontrolable y apasionado. Muchos opinaban que era una mala mujer, el ejemplo de por qué muchos devotos cristianos se preguntaban si era o no la mujer un ser humano, ¿por qué sino la casarían con un retrasado? O mejor dicho, ¿por qué sino le sería fiel al retrasado? El corazón de una mujer es un pozo de oscuros secretos y, por mucho que aparentara, Irene no podía ni echar una moneda al suyo sin desbordarse.
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Mensaje por Marietta Dario el Jue Jul 11, 2013 12:56 am

Tanto los golpes al llamar a la puerta como la entrada inesperada de Irene sobresaltaron la paz de Marietta. Alzó la vista atónita ante lo que sus ojos veían. Hacía bastante tiempo que no sabía nada de Irene. Por un momento pensó que el cansancio de estos días, el revuelo de ayer con tanta gente y las preocupaciones que apenas la dejaban pensar, hacían que frente a ella se reflejaran apariciones irreales.

La cara de Marietta no lucía como siempre. Era pálida, con ojeras visibles y un cansancio difícil de describir. Apenas abrió la boca para dar replica a Irene cuando esta ya había dado un portazo que hizo que Marietta diera un pequeño sobresalto ante el sonido.

Miró entonces a la galena. ¿Vendría esa mujer para salvar a su padre?¿A manos de Irene? Frunció el ceño al pensarlo. Fuese como fuese, si esa mujer podría hacer algo por su padre, no dudaría en requerir sus servicios al precio que fuese necesario.

- Adelante Ariadna... - Marietta se levantó del escritorio en el que trataba el papeleo y señalo uno de los asientos de terciopelo enfrentados a él. Su voz sonaba dulce pero algo deteriorada. - Decidme, ¿es tal la fama que os precede tal y como Irene dice? Estoy cansada de cuentistas y teatreros, que dicen curar mil males y tan solo provocan mil más. - Miró a la galeno con cierta dureza, aquel tema estaba ya demasiado herido. Su padre moría, los médicos apenas esperaban la hora de su muerte y ya poca esperanza quedaba para su salvación más que un milagro de Dios.

- No sé cómo habéis llegado hasta aquí. Imagino que las noticias acerca de la enfermedad del Dogo han volado por media Italia. Así que por favor, explicadme... - Hizo un gesto con la mano para que la galeno continuara hablando.
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Mensaje por Ariadna Dario el Vie Jul 12, 2013 2:02 pm

Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Todo fue tan rápido… Casi le dio la sensación de que Irene lo sabía todo y que la había echado a los lobos. A veces era tan imprevisible…

Cuando vio a Marietta una extraña sensación la invadió. Como una especie de grito susurrante y ahogado que increpaba por la garganta acompañado de un ardor que no quemaba... Después de tanto tiempo sola empezaba a conocer a su familia de cuerpo presente. Estaba nerviosa, claro ¿que otra cosa sino?

Hizo una reverencia a Marietta levantando el vuelo de sus ropas de la forma más cortes que pudo y, observándola con la cabeza gacha y con un rictus de sumisión, se percató de lo deteriorado de su rostro. La muchacha lucía castigada, casi abatida. Ariadna en ese momento no sabría decir si sería por los nervios de ver a su padre encamado, o si el revuelo que se percibía en el CA Darío, con todas las criadas recogiendo y limpiando las secuelas de lo que tal vez habría sido una fastuosa fiesta el día anterior, tendía algo que ver.

La habitación era opulenta y pomposa. A Ariadna le dolía reconocerlo, pero lo cierto es que se impresionó sobremanera del lujo en el que su familia “postiza” estaba viviendo. Esperaba una casa cómoda, pero no tan lujosa.

Volvió a prestar atención a las palabras de Marietta, que hablaba con una voz castigada y abatida, casi melancólica. Tragó saliva, y con pausa, contestó.

- Depende de la fama que me haya precedido hasta aquí, buena señora. Yo también detesto a los cuentistas que hacen burla de mi oficio usando patrañas como argumento y dejando que la parca se lleve a los que aún pueden retrasar su viaje a la otra vida. - Amargamente, observó el crucifijo en el cuello de Marietta, y pensó otra vez más en que tan malo era dejar que un farsante tratase de curar a un enfermo, como negarle la sanación tratando de curarle por medio de rezos y estampas. En fin. - De mi se puede haber oído que he curado a afectados por el fuego de San Antón, hernias, y de sudores del inglés, siendo cierto, y que he aliviado a afectados de lepra, escorbuto, gota y carbunco en la medida de mis posibilidades, siendo también cierto. De mi se dice que obro milagros, mas lo que yo obro es el ars médica...

Guardó silencio. Estaba claro que esta chica no quería oír anécdotas de su vida. Lo que quería saber era que podía hacer por su padre. Por el de ambas, de hecho.

- Desconozco si Irene estaba informada con anterioridad de la afección de su padre. Yo me he enterado de que el dogo se encuentra en un estado de salud complicado en las juderías. Parece vox pópuli en toda Venecia, mas no he adentrado en el tema pues ni siquiera sabía que Irene iba a presentarme aquí. ¿Cuáles son los síntomas del mal de aqueja a Don Giovanni, Marietta?


Que extraño y perturbador resultaba hablar de su padre de una forma tan distante....
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